domingo, 23 de noviembre de 2008

He visto


Troncos barbudos (con barbas azules, verdes, naranjas), álamos dorados, unas cornicabras de frutos rojos astados, higueras amarillas brillando en mitad de los pinos, muros de piedra pintados por la hiedra junto al antiguo cortijo, con parte del tejado derruido dejando asomar la tablazón podrida de su cubierta vieja, una gigantesca encina de insinuantes curvas que parecía bailar una danza de serpientes, nieblas espesas deslizándose por las copas de los árboles, alfombras espectaculares de hojas otoñales, setas blancas de enormes sombreros, lluvia.
Y todo esto en una extensión mínima dentro de la gran sierra: imaginaros todo lo que queda por descubrir allá arriba, poniéndose a caminar por las sinuosas veredas que se internan en el corazón de la montaña.

domingo, 16 de noviembre de 2008

Quinto Real


Hay nombres de lugares que ya de por si solos nos evocan la magia de un paraíso por descubrir. Es el caso de Quinto Real, una notable extensión de bosques, pastos y aguas a caballo entre el valle francés de Alduides y los navarros de Baztán, Erro y Estereíbar.

Al oír nombrarlo o verlo escrito, siempre se despertó en mi la ilusión de viajar a un lugar misterioso, enigmático, de sobria belleza montañesa. Desde hace muchos años he tenido el privilegio de poder recorrerlo de arriba a abajo, solo, en compañía, a pie, en bicicleta, descender por sus laderas nevadas con mis esquís de travesía, asistir a espectáculos naturales como la migración otoñal de aves, la berrea del ciervo u observar rarezas ornitológicas como el pico dorsiblanco (que bonitas jornadas en su busca con mi amigo I.) el pito negro o el quebrantahuesos.


Como un santuario al que se regresa con devoción, de vez en cuando siento la necesidad de volver a Kintoa. Mi última visita fue hace unos días, en esos efímeros momentos del año en que los bosques de hayas se visten con los más espectaculares colores del apogeo otoñal. Es entonces cuando caminar entre estos majestuosos árboles se convierte en una experiencia casi mística. Bajo la persistente llovizna, acariciado por nieblas errantes, hundiéndome en el manto de hojarasca, vagabundeando sin rumbo por las soledades vestidas de oro, mi compañía fueron mis recuerdos, algunas aves forestales (mitos, herrerillos, agateadores, trepadores...) los corzos y ciervos agazapados que no logré ver.

También tuve un encuentro peculiar, una garza real que levanté del río Arga y que por unos instantes voló entre las hayas para tomar luego el camino del Sur, sin duda se había detenido para buscar algo de alimento, un alto en su viaje hacia zonas de invernada.

Una vez más, a destiempo, yo también tuve que abandonar Quinto Real, debí partir como la garza en busca de otras tierras, y no tuve más remedio que preguntarme si quizá los paraísos no puedan ser disfrutados eternamente o a lo mejor estén destinados a vivir alojados en nuestra imaginación, a alimentarnos durante las ausencias, a avivar el deseo de los reencuentros.

viernes, 14 de noviembre de 2008

Fuego



Declinaba ya la tarde cuando la Sierra de Camarolo ha comenzado a arder. Pero no lo ha hecho con esas llamas de fuego destructivo avivadas por el odio de hombres cobardes, sino con la caricia amiga de una intensa luz de ascuas hogareñas.

Han sido el sol, las nubes, la limpia atmósfera que sigue a días de borrascas que han querido acordarse de estas paredes grises, verticales y ariscas, que habitualmente no tienen más compañía que la de algún raquítico árbol colgando de repisas imposibles, la efímera visita primaveral de flores rupícolas o hirientes pezuñas de desconfiadas cabras monteses.

Y su homenaje lo han hecho pintando y adornando la montaña, cubriéndola de reconfortantes y cálidos velos, jugando con ella en una fiesta de luminosidad desbordante a la que todos han estado invitados. Porque en el cenit de la representación, durante unos eternos minutos, el entorno quedó sumido en un profundo silencio enigmático, callaron las aves, cesaron los vientos, y todo ser vivo e inerte pareció girar la mirada en la dirección de aquellas grises, verticales y ariscas paredes, protagonistas por una tarde, llenas ahora de luz, de vida, de color.