domingo, 28 de diciembre de 2008

Un recuerdo


Era verano
entre robles y castaños
te acercaste a nuestra mesa
y comenzaste a entonar
una hermosa canción
que hablaba de diciembre
de días cortos, cielos blancos,
niños jugando y calor junto al hogar.

Soñando tus mundos
siempre dejabas a tu paso
en el aire suspendidos
misterio, magia y color

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Poeta de Alturas


Andaba yo rumiando pensamientos por los caminos de Sierra Nevada, acerca de estas montañas curiosas, particulares, de marcada personalidad que a menudo nos sorprenden con rincones insólitos, buscando unos paisajes que las tempranas y grandes nevadas se habían llevado ya hacia otoños próximos, cuando tras una curva del camino he encontrado, entre castaños viejos, robles y cornicabras, unas lajas de piedra (oscuros micaesquistos) donde un poeta anónimo quiso dejarnos unas letras inspirado por estos formidables parajes:



"sendero rezumante de rocío
damasquinado en hojas y semillas
camino del Genil por las orillas
hacia los altos páramos del cielo

quiero llegar donde se junta el río
Valdeinfiernos con el Valdecasillas
para poner el alma de rodillas
ante las cumbres de perfil sombrío

la vereda no entiende de escaladas
se desvanece al pie de las cascadas
bajo su nebuloso blanco velo

y quien quiera pasar sobre la nube
debe rendir el murallón que sube
a juntar las chorreras con el cielo"

F.V.


martes, 9 de diciembre de 2008

Un paisaje para Paganini



En muchas ocasiones a uno le da por poner música a los paisajes por los que transita o, como en este caso, paisaje a una música, la de Niccolò Paganini. Sus 24 Caprichos para violín solo me los llevaría sin duda al entorno de la Alta Montaña invernal: un espacio limpio, extremo, en constante cambio, donde las calmas acogedoras pueden ser rápidamente sucedidas por violentos episodios de brusca inestabilidad, una perfecta alegoría de los estados del ánimo que la música es a veces capaz de suscitar en nuestro interior.





Parece ser que, en su tiempo, muchos sospecharon una especie de influjo sobrenatural en el violinista y compositor, podría, dice la leyenda, haber vendido el alma al diablo a cambio de las extraordinarias dotes interpretativas que causaban el total asombro de su público: así se muestra también el reino de las altas cumbres, impregnado de un halo ajeno a este mundo, divino a veces, diabólico otras, en cualquier caso siempre sorprendente.


Y para escenificar totalmente los caprichos de Paganini yo lo haría con un recorrido sobre los esquíes, una lenta subida entre nieblas huidizas azuzadas por brisas no demasiado fuertes, trazando zigzags en pendientes desiguales, lentamente llegando a una cima solitaria. Luego, los compañeros de escapada, un descenso ante nuestros pies y en la cabeza el arco de Ara Malikian interpretando las notas del "violinista diabólico". Un leve impulso para abandonar la estabilidad de la cumbre, nervios en los primeros virajes y lo demás, ausencia, ritmos cambiantes, respiración entrecortada, algún grito escapado al aire, gozo infinito...

martes, 2 de diciembre de 2008

Blancos fugaces


Blanco de nieve en los cortijos blancos andaluces, sobre los campos arados del otoño tardío, entre los troncos centenarios de encinas adehesadas, sacudiendo con copos de ventisca el vestido otoñal de álamos solitarios, posándose con suavidad sobre ramas cargadas de aceituna, adornando los esqueletos de algunos cardos congelados...


Por unas horas las tierras llanas del campo bético se han transformado con pinceladas de alta montaña, cubriéndose con una alfombra suave, paisaje simplificado de sombras difusas, horizontes luminosos, frío vitalizante donde la vida dispersa, expectante, toma el total y auténtico protagonismo.

domingo, 23 de noviembre de 2008

He visto


Troncos barbudos (con barbas azules, verdes, naranjas), álamos dorados, unas cornicabras de frutos rojos astados, higueras amarillas brillando en mitad de los pinos, muros de piedra pintados por la hiedra junto al antiguo cortijo, con parte del tejado derruido dejando asomar la tablazón podrida de su cubierta vieja, una gigantesca encina de insinuantes curvas que parecía bailar una danza de serpientes, nieblas espesas deslizándose por las copas de los árboles, alfombras espectaculares de hojas otoñales, setas blancas de enormes sombreros, lluvia.
Y todo esto en una extensión mínima dentro de la gran sierra: imaginaros todo lo que queda por descubrir allá arriba, poniéndose a caminar por las sinuosas veredas que se internan en el corazón de la montaña.

domingo, 16 de noviembre de 2008

Quinto Real


Hay nombres de lugares que ya de por si solos nos evocan la magia de un paraíso por descubrir. Es el caso de Quinto Real, una notable extensión de bosques, pastos y aguas a caballo entre el valle francés de Alduides y los navarros de Baztán, Erro y Estereíbar.

Al oír nombrarlo o verlo escrito, siempre se despertó en mi la ilusión de viajar a un lugar misterioso, enigmático, de sobria belleza montañesa. Desde hace muchos años he tenido el privilegio de poder recorrerlo de arriba a abajo, solo, en compañía, a pie, en bicicleta, descender por sus laderas nevadas con mis esquís de travesía, asistir a espectáculos naturales como la migración otoñal de aves, la berrea del ciervo u observar rarezas ornitológicas como el pico dorsiblanco (que bonitas jornadas en su busca con mi amigo I.) el pito negro o el quebrantahuesos.


Como un santuario al que se regresa con devoción, de vez en cuando siento la necesidad de volver a Kintoa. Mi última visita fue hace unos días, en esos efímeros momentos del año en que los bosques de hayas se visten con los más espectaculares colores del apogeo otoñal. Es entonces cuando caminar entre estos majestuosos árboles se convierte en una experiencia casi mística. Bajo la persistente llovizna, acariciado por nieblas errantes, hundiéndome en el manto de hojarasca, vagabundeando sin rumbo por las soledades vestidas de oro, mi compañía fueron mis recuerdos, algunas aves forestales (mitos, herrerillos, agateadores, trepadores...) los corzos y ciervos agazapados que no logré ver.

También tuve un encuentro peculiar, una garza real que levanté del río Arga y que por unos instantes voló entre las hayas para tomar luego el camino del Sur, sin duda se había detenido para buscar algo de alimento, un alto en su viaje hacia zonas de invernada.

Una vez más, a destiempo, yo también tuve que abandonar Quinto Real, debí partir como la garza en busca de otras tierras, y no tuve más remedio que preguntarme si quizá los paraísos no puedan ser disfrutados eternamente o a lo mejor estén destinados a vivir alojados en nuestra imaginación, a alimentarnos durante las ausencias, a avivar el deseo de los reencuentros.

viernes, 14 de noviembre de 2008

Fuego



Declinaba ya la tarde cuando la Sierra de Camarolo ha comenzado a arder. Pero no lo ha hecho con esas llamas de fuego destructivo avivadas por el odio de hombres cobardes, sino con la caricia amiga de una intensa luz de ascuas hogareñas.

Han sido el sol, las nubes, la limpia atmósfera que sigue a días de borrascas que han querido acordarse de estas paredes grises, verticales y ariscas, que habitualmente no tienen más compañía que la de algún raquítico árbol colgando de repisas imposibles, la efímera visita primaveral de flores rupícolas o hirientes pezuñas de desconfiadas cabras monteses.

Y su homenaje lo han hecho pintando y adornando la montaña, cubriéndola de reconfortantes y cálidos velos, jugando con ella en una fiesta de luminosidad desbordante a la que todos han estado invitados. Porque en el cenit de la representación, durante unos eternos minutos, el entorno quedó sumido en un profundo silencio enigmático, callaron las aves, cesaron los vientos, y todo ser vivo e inerte pareció girar la mirada en la dirección de aquellas grises, verticales y ariscas paredes, protagonistas por una tarde, llenas ahora de luz, de vida, de color.

lunes, 27 de octubre de 2008

Otoño



Sin lugar a dudas el otoño es para mi la estación más especial del año: Así como la naturaleza, que ha estado sumida en el prolongado letargo del estío, estalla de pronto en un milagro de amarillos, rojos, ocres y naranjas, también dentro de la mente comienza una frenética danza de ideas y nuevos proyectos, llenando días donde parece que la inspiración nos visita con más regularidad y sus estancias son más prolongadas.

Me gustan del otoño sus magníficas luces, los vientos frescos, el baile de la hojarasca, los majuelos y arces vestidos de rojo, esas nieves tempranas que insinúan la cercanía de recogimientos invernales, las floraciones tardías, modestas, originales, que parecen ir contra corriente, igual que los destinos de los nombres singulares.

El otoño es época de cambios, movimientos, interrupciones temporales, regresos anhelados, son meses para vivir pausadamente, contemplando la naturaleza en uno de sus más íntimos momentos, dejándonos empapar de esa dulce melancolía que desprende, mirar al cielo y poder sorprenderse con algún extraño juego de erráticas nubes o quizá seguir con admiración el vuelo musical de unas grullas en su camino hacia el Sur.

lunes, 20 de octubre de 2008

Onírico



Me he quedado dormido en el bosque de pinsapos, junto a un antiguo nevero, entre helechos verdes, ocres, troncos centenarios, y a mi mente han comenzado a llegar imágenes y sensaciones muy vivas del pasado: sonidos y olores de otras naturalezas distantes, cencerrear de ovejas lachas, aromas de hayedo, reconfortantes soles de otoño, vientos frescos que descendían desde las altas cumbres pirenaicas haciéndome tener frío en una tarde estival de travesía, fragmentos de conversaciones con mi madre, una despedida...

Es como si estos gigantescos árboles fueran antenas hacia días pasados, lejanías perdidas, recuperadores de momentos plenos, transmisores de certezas escondidas en el tiempo.

martes, 14 de octubre de 2008

Instantes únicos



Sucedió hace unos pocos días. Había estado desde temprano fotografiando los singulares bosques de pinsapos que pueblan la Sierra de las Nieves, en Andalucía. Después de un tímido sol matutino las nubes fueron cubriendo el cielo a lo largo del día y ya por la tarde un uniforme manto gris me proporcionaba luz ideal para tomar imágenes en el interior de la floresta.


Cercana ya la noche inicié mi retirada, bajando en zig-zags por la abrupta pendiente hacia las zonas más bajas de la sierra. El cielo plomizo se iba oscureciendo por momentos y apreté el paso, pues la oscuridad parecía ya decidida a instalarse sin preámbulos.

De repente, al llegar a un recodo del camino, vi unas montañas vecinas cubrirse de luz: el sol, en su retirada, debió descender por debajo del manto nuboso y en cuestión de minutos los llanos y el cielo comenzaron a iluminarse de forma espectacular con amarillos, azules, rojos , cobrizos... En apenas un cuarto de hora el baile de luz fue insólito: nacieron nubes ocultas, alargadas, redondas, huidizas, otras semejando auroras boreales, todas llenas de color parecían querer mostrarse en tan breves minutos, sucediéndose de forma brillante, mágica, antes de que el definitivo ocaso nos sumergiera por completo en el reino de la noche.

Fueron realmente INSTANTES ÚNICOS, esos que de vez en cuando nos brinda la naturaleza, el hombre, el pensamiento y que a partir de ahora intentaré compartir con vosotros a través de esta modesta tribuna.