martes, 19 de agosto de 2014

El desalojo de la montaña




A casi dos mil metros de altitud, bajo Las mayores cumbres de Sierra Nevada, esta alberca en desuso simboliza perfectamente la transformación que ha sufrido el significado de la montaña para el hombre durante los últimos cuarenta años.
Aquí, a dos horas a pie del punto más cercano donde puede llegar un vehículo motorizado, vivieron durante muchos veranos María y Manuel, los últimos pastores trashumantes del Alto Genil.
María me contaba como conoció todas estas altas laderas sembradas aquí y allá, ocupadas los meses estivales por gentes que se afanaban trabajando la tierra y pastoreando los animales.
Esta misma alberca era parte de un ingenioso sistema de abastecimiento de agua que regaba una rica huerta a 2000 metros de altitud y abastecía todas las necesidades del cortijo.
Hoy, ese antiguo cortijo donde María y Manuel establecían su hogar durante seis meses al año, donde colgaban de las paredes las cazuelas, pleitas, aperos, donde María ponía a secar sus quesos de cabra, es un refugio para montañeros que recorren los caminos con prisa, la mayoría de las veces ajenos a toda la maravillosa historia que todas estas montañas atesoran.
Toda una cultura que se ha ido sin darnos cuenta,  desvaneciéndose con sus últimos protagonistas, cuyo rastro permanece únicamente en la memoria de quienes la vivieron o aquellos que tuvieron interés por acercarse y conocer la parte humana de esta imponente Sierra Nevada.

martes, 11 de febrero de 2014

Amazig


Recorriendo senderos en territorio AMAZIG

domingo, 5 de mayo de 2013

Esta Luz



El perfume de la primavera que me embriaga

Esta luz, esta brisa

Aquella llamada y todo derrumbándose a mi alrededor

Un sueño fatal

Senderos estrechos que conducen por donde me gusta pensar

Esta luz, esta brisa

Toda la soledad del mundo sobre mi, un camino sin retorno

Un sueño fatal

Todavía no amaneció, pero en las gotas de rocío puedo ver

el  calor que me hará renacer

Esta luz, esta brisa





viernes, 8 de marzo de 2013

Belleza



"...Toda esa belleza que me ha acompañado desde joven, que ha formado parte de mi, que nada tiene que ver con la podredumbre que veo a mi alrededor, con la sucia vida de los hombres, con la hecatombe moral de nuestros tiempos."

M.Abartán

sábado, 15 de septiembre de 2012

Passo della Foppa (Mortirolo)


Entre Mazzo di Valtellina y Monno, hay una montaña escondida. Cerca quedan las luminosas estaciones invernales de St.Moritz, con sus hoteles de lujo, tiendas y telesillas, y Bormio, al pie del famoso glaciar Stelvio donde los esquiadores italianos entrenan durante todo el año y cimas de renombre como el propio passo Stelvio o el Gavia de nieves perpetuas y espectaculares paisajes que tocan el cielo.

 Aquí sin embargo todo es diferente, aquí no viene nadie, aquí no hay luces de colores, todo es austero, sobrio y únicamente  los oscuros pinos guardan el mágico secreto.En Mazzo di Valtellina los campesinos cortan la hierba de principios de verano, una fuente solitaria, calles estrechas entre casas de madera y un cartel que nos conduce hacia las primeras rampas.Comienza la ascensión, enrevesada,  brutal, bellísima. Concentración, la respiración acelerada como única música, la experiencia interior. Un letrero pintado en un pajar nos recuerda donde estamos, luego el monumento al genial Marco Pantani, no hay descanso, tornanti tras tornanti vamos sintiendo la esencia de este magnífico deporte, la bicicleta. Aquí no hay nadie, aquí no hay luces de colores, aquí solo estás tu y tu bici y la historia del ciclismo, notas algo en el ambiente, esa épica está a tu alrededor, en la soledad de las rampas, es algo que sientes, golpe de riñón, de brazo, tornanti, tonanti, no hay descanso, terrible, magnífico.
 Culminas el puerto, un cartel roído nos indica la posición y altitud, una pequeña laguna, nubes de tormenta y luego, el descenso hacia Monno, hacia otros valles y otros puertos,demasiado rápido, entre curvas y pinos, dormida y solitaria, va quedando atrás la montaña escondida.




jueves, 20 de octubre de 2011

El pastor de Idaho


Hace algunos años, andábamos atravesando las montañas del Pirineo Catalán y una noche paramos a dormir en el modesto refugio de Mallafré, a los pies de Les Encantats. Allí coincidimos con un solitario montañero vizcaíno —grandote y buena gente—, con el que rápidamente hicimos miga y que después de la cena, tomando el fresco bajo las estrellas, nos contó la historia del pastor de Idaho.

Eusebio, como tantos otros pastores vascos, emigró de joven al oeste americano donde no le faltó trabajo durante la media vida que allí se dejó. Pero llegó un día en que ya no pudo resistir la llamada de la tierra, de los montes de su juventud, de la música de sus bosques y regresó a los altos del Gorbea, donde vive desde entonces en la pequeña cabaña que un hermano suyo —pastor también— construyera en el monte y apenas baja al pueblo más cercano los viernes para hacer algo de compra.

Relataba nuestro amigo Martín, cómo un día se encontró a Eusebio sentado en una atalaya, cercana a su morada montuna, donde, por lo visto, solía permanecer pensativo durante horas, con la vista perdida en el horizonte.

— ¿Qué haces? — preguntó nuestro amigo cuando llegó a su altura.

—MIRAR — dejó caer el pastor, casi sin separar la vista de sus montañas.

Esa noche, no pude dejar de pensar en la cantidad de recuerdos, vivencias, añoranzas, en el baile de sentimientos que podrían esconderse tras los ojos de Eusebio, contemplando aquellos valles con placidez, ensimismado, fusionado aquella tarde con ese paisaje soñado —que es el suyo, que es él mismo—, cuanta vida condensada en ese mirar —un mirar más bien con el corazón que con los ojos—, que profundo y misterioso vínculo el que llevó a nuestro pastor a abandonar aquellas amplitudes del oeste americano, para refugiarse en su pequeño paraíso de helechos, bosques y abruptas calizas plateadas, en las faldas del Gorbea.

viernes, 19 de agosto de 2011

Y entonces, lluvia de verano

LLuvia de verano en el Atlas , Marruecos


“¿Saben lo que es la lluvia de verano?

Primero la belleza pura horadando el cielo de verano, ese temor respetuoso que se apodera del corazón, sentirse uno tan irrisorio en el centro mismo de lo sublime, tan frágil y tan pleno de la majestuosidad de las cosas, atónito, cautivado, embelesado por la magnificencia del mundo.

Luego, recorrer un pasillo y, de pronto, penetrar en una cámara de luz. Otra dimensión, certezas recién formadas. EL cuerpo deja de ser ganga, el espíritu habita las nubes, la fuerza del agua es suya, se anuncian días felices, en un renacer.”

Muriel Barbery.



lluvia vespertina en el macizo del Ras, Atlas